Sabías que… e…

Sabías que… en los registros de la clínica de reproducción asistida sólo aparecerá el nombre de la gestante, como si hubiera llevado sola todo el proceso. En cambio, si va una mujer con su marido, el nombre de éste sí se registra debidamente. ¿qué injusticia, o no?

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marzo 5, 2013 · 5:10 pm

En el día del bloggueo

El año pasado participamos en el día internacional del blog de familias LGTB, fue muy emocionante ver el listado de todas las iniciativas alrededor del mundo, y nuestro blog entre medio (somos el número 17) y el único en español.

Hay blogs de todo tipo, blogs críticos, otros más bien intelectuales, muchos sobre la cotidianidad, activistas, en el clóset cibernético, etc. Les invitamos a ver el listado y bucear por el mar de diversidades.

Un abrazo a tod@s y les deseamos un feliz año 2013

 

 

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Bebés a lapa

Como les contábamos, desde antes que naciera el pequeño elegimos un fular. El fular es una tela larguísima que sirve fundamentalmente para envolverse, y de paso envolver al bebé con una (no hemos intentado envolvernos las dos). Si están pensando en comprar uno, a continuación algunos pros y contras de este tradicional y neohippie servicio de traslado a lapa:

Pros :

  1. Ees muy útil para barrer cualquier superficie,
  2. por lo anterior, es una fortuna que sea lavable,
  3. también tiene un sabor agradable al paladar del bebé envuelto,
  4. otro beneficio es su característica transpirante que beneficia a la madre que no amamanta y que no tiene por donde bajar los kilos del embarazo de segundo orden,
  5. es importante agregar que el punto 4 aumenta la experiencia gustativa del bebe.

Contras: su longitud dificulta las siguientes actividades cotidianas:

  1. Salir rápido a comprar pan con el bebé.
  2. Colocarselo dentro de un auto cuando llueve.
  3. Amamantar en un lugar público.

 

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Una explosión de lesbianismo

-Yo creo que ha habido una explosión de lesbianismo.- me explicaba un amigo de mi hermana, muy convencido de su idea. Yo no pude menos que confirmársela aquel día con un poco de sorna por la ocurrencia de decirle eso a una ejemplar de dicha explosión, sin tener conciencia de ello.

Este sábado pasado nos encontramos con un par de amigas, madres también, en la feria de las Damas Diplomáticas en el parque Inés de Suárez… ¿o eran damas de diplomáticos?, ¿damas con diploma?, ¿cosas de diplomáticos y sus damas?, ¡vaya, el nombre lo olvidé pero no a lo que íbamos: a comer!

Nos instalamos en el centro del parque y organizamos las salidas: dos se quedan con los bebés, dos salen por la comida. Después las que se quedaron con los bebés, teníamos que ir por las bebidas, después las que iban a dar de comer a los bebés se quedaban y comían todo, y las otras dos salían en busca de alguna artesanía interesante, poco nos faltó para dejar a los bebés que se las arreglaran solos y salir a bailar al ritmo de la zamba.

Como si oliéramos a algo en particular, atrajimos rápidamente a las de nuestra raza, o rubro, como le digo yo. Al volver de nuestra ronda por la feria nos encontramos con siete mujeres más en nuestro campamento diurno.

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Más sobre la Inseminación

Nos han escrito para conocer más acerca de la inseminación en la clinica IVI de Chile. Es un procedimiento bastante fácil y va así:

Deciden tener un hijo y van a la clinica (50 mil pesos)

Les entregan una orden medica con dos tipos de hormonas (100 mil), una de ellas va en un lapiz con una jeringa con la que debe pincharse todos los días por 15 días.

Una vez terminado ese ciclo van de nuevo a la clinica (50 mil) y acuerdan el día y la hora para hacer la IA.

Tres días después, más o menos, se ponen el último pinchazo con la hormona numero dos, al día siguiente van a la clína a una hora específica (50 mil) y se realiza la inseminación con semen de un banco español (150 mil).

A partir de ahí todo sigue como cualquier busqueda de embarazo: hay que esperar 15 largos días, después de los cuales se realizan una prueba de embarazo simple.

Si la mujer que quiere gestar es joven, está sana y no tiene ningún impedimento biológico para embarazarse, las probabilidades de quedar embarazada en el primer intento son de 25%, las posibilidades de un 50%.

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De pañales y teta

Querid@s, soy J y quería compartir con ustedes mi reflexión del fin de semana:Imagen

Desde que nació nuestro hijo decidimos ir por el camino “más natural”, con menos intervenciones, por eso optamos por un parto natural, no medicarlo, no darle las primeras vacunas, alimentarlo con leche materna… incluso llegamos a comprar pañales de tela. Pero el día a día es más omnipresente que la voluntad de hacer de este planeta un mundo más limpio. Trabajar, ir y venir, tener mis tiempos, seguir estudiando, ha hecho que me pregunte sobre qué hacer realmente al respecto. Confieso que he tenido días en que ya no quiero dar más teta, que estoy harta de lavar pañales, que mejor me medico para salir de la mastitis rápido, que daría cualquier cosa por darle de comer algo que lo dejara dormir más tiempo.

He pensado que la corriente naturalista de la lactancia y la crianza puede ser un camino bastante conservador a la vez. Porque para poder sostener una enfermedad de forma natural tengo que tener ayuda, que me haga la comida, que lave pañales y que me haga las compresas “en un entorno de amor y ternura”, dejar de estudiar y ni pensar en trabajar en al menos un año.

Hay cosas que simplemente no se pueden sostener.

 

 

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In my shoes: documental sobre historias de familias diversas

En mis zapatos

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Argentina. Madres lesbianas: “Nuestros hijos ya existen y la ley los discrimina”

Compartimos con ustedes este artículo publicado en Argentina en el diario Página12. El autor es Bruno Bimbi.

La autora es María Luisa Peralta, bióloga, lesbiana, madre y activista por la igualdad de derechos para chicos y chicas de parejas del mismo sexo.

La noticia de que una pareja de lesbianas españolas tuvo una hija mediante la técnica conocida como “ovodonación” –un óvulo de una de ellas, fecundado con semen de un donante, fue implantado en el útero de la otra, que tuvo a la niña– revivió el debate sobre qué es la maternidad y, en particular, la maternidad “biológica”. Este diario entrevistó a María Luisa Peralta, argentina, bióloga, lesbiana, madre y activista de LesMadres, un grupo de mamás lesbianas que defiende la igualdad de derechos para sus hijos.

–¿La técnica usada por esta pareja es novedosa?

–Es lo mismo que se hace para la fecundación in vitro cuando el embrión fecundado se vuelve a implantar en el útero de la misma mujer que por alguna razón no puede fecundarlo naturalmente; también está lo que se conoce como “vientres de alquiler”. Algunas parejas de lesbianas en Estados Unidos e Inglaterra ya se habían apropiado de esta técnica para compartir la maternidad. A una se le da un tratamiento de hormonas para que produzca más óvulos en un solo ciclo. Luego se retiran los óvulos, se hace la fecundación in vitro con esperma de un donante, se generan un cierto número de embriones y se implantan tres o cuatro en el útero de la otra, de los cuales se supone que uno o dos van a anidarse y desarrollarse.

–¿Por qué no recurrir directamente a la inseminación artificial?

–La inseminación artificial es más sencilla y más barata. Acá, una fecundación in vitro puede costar 10 mil pesos, mientras que hasta nueve intentos de inseminación artificial se pueden hacer por menos de la mitad. Las obras sociales no nos cubren ninguna de las dos cosas. Sin embargo, hay dos motivos por los cuales algunas parejas de lesbianas recurren a esta técnica. Primero, la cuestión legal: para hacer un embrollo legal y que sea más difícil para el Estado negar que ambas son madres. La otra razón tiene que ver con la idea de que así el niño o niña va a tener un vínculo biológico con las dos: una de las mamás pone el ADN y la otra el cuerpo para el embarazo. Es una idea medio romántica.

–Esto va a generar ruido desde el punto de vista legal, porque el discurso que niega la maternidad de dos mamás lesbianas suele hablar del vínculo biológico…

–Les crea un problema legal. En el Registro Civil seguramente se negarían a anotarlo como hijo de las dos, pero vas a juicio. ¿Cómo determinan cuál es la madre? En una tenés toda la evidencia del embarazo y en la otra, el vínculo genético, que se puede probar con un análisis de ADN.

–¿Cómo se salda esta situación legal en los casos de vientres de alquiler?

–Las gestaciones en “vientre de alquiler” vienen de hace mucho y lo hacen por lo general parejas heterosexuales, aunque también, recientemente, algunas parejas gay. A veces, la mujer que lleva el embarazo también pone los óvulos, ya que recurrió a ella una pareja heterosexual en la que la mujer tenía problemas de fertilidad, pero otras veces no. Puede suceder por ejemplo que una mujer ovule normalmente pero tenga problemas en el útero, y por eso recurre a otra mujer para llevar el embarazo con un embrión implantado. Cuando hay dos mujeres involucradas, siempre se le da prioridad legal a la que gesta y pare, por lo que existe la posibilidad de que ésta se arrepienta del acuerdo y se quede con el bebé, algo totalmente válido y a lo que siempre debe tener derecho.

–¿Cuál sería la diferencia en los casos de parejas de lesbianas?

–Que no hay conflicto. No son dos mujeres que se disputan la maternidad: ambas reconocen a la otra y se presentan juntas para ser reconocidas como mamás y como familia.

–En la adopción no se discute la paternidad, aunque no haya un vínculo biológico. ¿Por qué con la inseminación artificial es diferente?

–La adopción es vista como un acto altruista, hacerse cargo de una criatura sin hogar, mientras que la inseminación artificial es vista por las parejas heterosexuales como un acto vergonzante, porque es un parche frente a la infertilidad. Por eso muchas veces se oculta. Y cuando una pareja heterosexual recurre a la inseminación artificial con un donante de esperma, después pueden anotar al hijo como propio sin demostrar nada, porque al ser varón y mujer se presupone el vínculo genético. En nuestro caso, no existe esa presuposición y se nos niega la condición de madres por no poder probar el vínculo biológico de una de las dos.

–¿Cuáles son los problemas legales que enfrenta una pareja de lesbianas con hijos?

–El problema no son los derechos de la pareja, sino los de los niños. Con mi pareja recurrimos a la inseminación artificial y yo quedé embarazada, pero el vínculo de nuestro hijo con ella no está reconocido legalmente. No estamos discutiendo una ley que permita tener hijos, ni haciendo planteos abstractos. En Argentina debe haber, como mínimo, unos cien pibes nacidos por inseminación con mamás lesbianas. Estos chicos ya existen y la ley los discrimina, negándoles derechos básicos.

–¿Por ejemplo?

–La gente tiende a pensar en cosas extremas, como la muerte: si yo muero, mi hijo queda legalmente huérfano; si muere su otra mamá, no hereda nada. Pero eso es lo de menos, porque es excepcional. Una de las mamás no existe ni para el jardín de infantes. Cuando tuvimos al nene accidentado, ella lo llevó al hospital, pero hasta que yo no llegué y firmé la autorización para los estudios, no pasaron de una radiografía. Si la mamá reconocida no tiene trabajo, la otra no puede darle al pibe la obra social ni cobrar el salario familiar, que son beneficios para el chico, no para nosotras. Esto es muy habitual en este contexto de precarización laboral.

–El hecho de que con estas técnicas se use la evidencia de vínculo biológico como argumento para el reconocimiento de la maternidad conjunta ¿puede ser un arma de doble filo?

–Es una situación que crea un cortocircuito legal y un conflicto en la interpretación, que puede servir para impulsar el debate. Sin embargo, también es una salida conservadora, porque lo ideal sería que dos lesbianas o dos gays que tienen hijos pudieran ser reconocidos como padres o madres más allá del vínculo biológico, que por sí sólo no convierte a nadie en padre o madre. Los donantes de esperma anónimos no son padres biológicos, son donantes de esperma.

–¿Y qué pasa si el donante de esperma quiere ser padre?

–Ahí sería otra cosa. Si los tres, la pareja de mujeres y el donante, se hacen cargo de la crianza, habría que reconocer legalmente que hay dos mamás y un papá. En Estados Unidos y Canadá hay muchas familias de dos lesbianas y un gay o dos lesbianas y dos gays. Por ejemplo, una pareja de hombres y otra de mujeres deciden juntas tener hijos. O parejas de lesbianas que en vez de buscar un donante anónimo se ponen de acuerdo con un amigo gay que también quiere ser padre. Hay un fallo de la Corte Suprema de Canadá que reconoce a dos mamás y un papá, alegando el supremo interés del niño. También hay mujeres lesbianas solas que tienen hijos con gays sin ser pareja: se buscan para tener hijos juntos y se hacen cargo juntos de la crianza, sin tener un vínculo amoroso o sexual entre ellos. Algunos lo hacen porque creen eso de que “tiene que haber una mamá y un papá”. Es algo que no está claro para todo el mundo.

–¿Y qué pasa con las familias formadas por heterosexuales en las que tampoco hay una mamá y un papá?

–Miles de personas se crían sin padre porque las mujeres quedan embarazadas y los tipos se escapan. Y las mujeres crían a los hijos solas, o junto con sus madres o hermanas, pero como no hay un vínculo sexual entre esas dos mujeres, se acepta y nadie cuestiona que “falta la figura paterna”. A nosotros y nosotras siempre se nos mide con un estándar distinto.

–¿Estas formas de maternidad para las lesbianas son algo nuevo?

–Las lesbianas que tienen diez años más que yo y tienen hijos probablemente los tuvieron en relaciones heterosexuales. Muchas entraban en esas relaciones sólo para tener hijos, y después aceptaban acuerdos de divorcio muy desfavorables en lo económico; cedían todo por miedo a perder la tenencia. Hoy ninguna lesbiana se junta con un tipo para tener hijos, porque hay otras tecnologías reproductivas.

 

Fuente: http://www.insurrectasypunto.org/index.php?option=com_content&view=article&id=2020:argentina-madres-lesbianas-nuestros-hijos-ya-existen-y-la-ley-los-discrimina&catid=3:notas&Itemid=3

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Maternidad lésbica: ¿para qué?

El siguiente es un interesante artículo de Patricia Karina Vergara, feminista periodista y profesora, que encontramos en la web.

“Mi cuerpo es mío… para abortar… para parir “. Era una frase de las Madres Lesbianas Feministas Autónomas en Argentina [1], que reivindicaban la maternidad lésbica como un ejercicio de apropiación del cuerpo y de los deseos lésbicos. Coincido: nuestro cuerpo, nuestra elección. Una maternidad ejercida no desde la inmanencia, no desde la obligación cultural, no desde la demanda biológica. Una maternidad deliberada, buscada y conseguida, ejercicio de libertad y amor hacia una misma, hacia la nueva o el nuevo ser convocada, como se convoca una maravilla.

Sin embargo, esta libertad idealizada líneas arriba, se torna una falacia cuando se mira en el entorno que el realizarla es mucho más que complejo. La posibilidad de la inseminación y otras formas de reproducción asistida son una fantasía para muchas. Como la mayoría de los aportes científicos a la humanidad, fue apropiada por la tiránica ley del mercado. Así, en América Latina, la lesbiana que tiene recursos, muchos recursos económicos, puede pagar y ejercer su derecho a la maternidad. Para las que no tenemos esos mismos recursos, se suma a la lista de libertades inalcanzables. La cuestión de clase, una vez más nos divide.

La legislación jurídica en contra de la discriminación y por el acceso a igualdad de oportunidades, que permitiría a lesbianas y mujeres solteras este servicio en forma pública y gratuita, es un clamor que apenas se levanta y que llevará muchas batallas hacer realidad.

Esta falta de acceso es una condena que pone en peligro a quienes buscan la maternidad lésbica pues si bien existen hombres donadores. Amigos, hermanos, conocidos, existe el riesgo de que posteriormente busquen imponer condiciones económicas, emocionales, físicas e incluso sexuales. Diversos tipos de chantajes a cambio del semen otorgado. La “caza” del semen que por desgracia todavía se practica, teniendo encuentros sexuales no protegidos, en busca de un embarazo, es una ruleta rusa que puede implicar Infecciones de Transmisión Sexual e incluso la muerte, y queda por discutir el sometimiento del ejercicio de la sexualidad como una capitulación en pro de la reproducción.

El poder de la ciencia al alcance de unas cuantas no es un accidente económico, es una realidad que implica responsabilidad. El hecho de que unas tengan acceso al privilegio y lo ejerzan sin antes exigir que la opción sea para todas las que lo deseen, es ya ser parte de la construcción opresora.

Aún más, hay mucho que trabajar en torno pues, incluso, las del privilegio económico llegan a ser maltratadas en los consultorios por especialistas que discriminan, que cuestionan, juzgan moralmente y llegan a negar el servicio.

Un segundo rango de la opresión por medio de la inseminación y otros métodos de reproducción asistida es la perpetuación de la discriminación racial. No más niños nuestros de grandes ojos negros y piel morena. Veo hoy, a lesbianas en mi país frecuentemente abriendo sus cuerpos al semen anglosajón. Lesbianas latinas pariendo niños rubios. Quien paga manda y ellas compran el que sus hijes han de responder a la idea de lo estético mediático impuesto.

He escuchado un comentario: “Ya sé que yo soy morena, pero quería que fuera como mi abuelo, que era alemán, para que fuera más aceptado”.

Otro: “Pues sí, compramos semen de un ruso, pero no es por el color de la piel, es sólo para que no sea tan bajito, sólo una ayuda a los genes”.

Pareciera que lo importante, desde algunas que hablan de la “diversidad” es ser lo más “iguales” al molde del poder.

Más allá de la forma en que engendramos a nuestros hijos, habría que preguntarse, también, esta maternidad para qué.

Qué tan distinta podría ser la nuestra a una maternidad heterosexual, si seremos constreñidas por la misma realidad que dicta sobre todas las mujeres que eligen ser madres y las que no eligen la maternidad, pero se someten a ella. Realidad de menor índice de acceso laboral y salarial a nuestro género, en donde existen guarderías insuficientes, falta de apoyos para madres heterosexuales o no, en pareja o no, en todas sus formas. Falta de redes de apoyo y lógica de competencia entre mujeres. Además, calles llenas de escaleras, hoyos e impedimentos para circular con embarazos avanzados, con niños o niñas en brazos o con carreolas, pasando por un entorno de inseguridad para los niños, acosos físicos, ideológicos y sexuales a nuestres adolescentes, horarios laborales inflexibles, hasta llegar a la injusta distribución de la riqueza que implica desigualdad y violencia en salud, educación y de calidad de vida para nosotras y para les nuestres.

Sumado a lo anterior, la maternidad lésbica se enfrenta a cuestionamientos, burlas, censura, atropellos, desprotección total a las madres por opción, agresiones, padres biológicos que pelean custodias, jueces que discriminan y señalan, vecinos, maestros de los hijos…hay innumerables casos, que es preciso no perder de vista, pues implican formas de violencia extras que se imponen a nuestra realidad.

En esta cuestión de lo visible, hoy existen lesbianas con innumerables blogs en el ciberespacio hablando de ese ejercicio de la maternidad, quienes cumplen una parte de esta función que puede mantener atenta la mirada. Aunque, por supuesto se trata de quienes tienen el acceso a las tecnologías de la información, de quienes, aún cuando se quejan de gastos y presiones económicas pueden publicar, tomadas con su cámara digital, fotografías de hermosas habitaciones decoradas en rosa y llenas de juguetes, la ropa de bebé en su espera de maternidad o el primer puchero, con muy escasa reflexión política. Sin embargo, hay otras formas de ser lesbianas y ser madres, que pasan a la inexistencia opacadas ¿negadas, desconocidas? por la lógica L World, como la de la mujer que es obrera y tiene salario mínimo, o la que trabaja en la recolección de la basura, o la que sólo tiene educación primaria, que parecieran maternidades no tan glamorosas, que no siempre tienen medios a su alcance para mostrarse, para encontrarse y por tanto no son nombradas.

Hay un común en las palabras de quienes sí son visibles. Madres lesbianas, las de los libros, las revistas y los blogs quienes cuentan de la dificultad para salir del closet con familias, de la educación de les niñes, de cómo conciliar con familias heterosexuales, de la pareja y el lugar en donde viven: la “aceptación social” como demanda principal.

¿Es así la maternidad lésbica? ha de tratarse de mamá y mamá, criando niñes y repitiendo el viejo y agotado modelo heterosexual, en busca de la aceptación social, de la normalización.

Esgrimir cifras en donde se expone que los hijos y las hijas de lesbianas pueden ser heterosexuales, según el estudio tal; que pueden ser eficientes en la escuela, que socializaran normalmente, que no serán tan diferentes:

¿Y qué, si no son heterosexuales; y qué, si son diferentes? ¿No es una trampa de hegemonización más?

Dar nietos, sobrinos, ahijados. Demostrar que no somos tan distintas, “familias como otras, familias modelo”. Habría que preguntarse qué tanto responde este discurso a la mirada y aceptación de los otros. Cabría preguntarnos, en estas condiciones, ser madres, una y otra vez: por qué, para qué.

Hasta la propia palabra “familia” resultante del latín famulus: sirvientes, esclavos, patrimonio del amo, me causa conflictos. La familia, tal como la concibe el patriarcado, es indispensable como lugar de reproducción de las formas e ideologías en donde unos imponen sobre otras y éstas sobre los más pequeños; y se nos hace creer a todes que la imposición es la única forma posible de organización: en lo privado y en lo colectivo.

Asimismo, es el lugar en donde las mujeres con el trabajo doméstico no asalariado y las dobles jornadas, sostienen las economías del capitalismo; donde a los hombres se les ata en la venta de su fuerza de trabajo en el campo o en la ciudad; donde a les niñes se les prepara para ingresar a los mercados laborales.

Y entonces miro a mi alrededor a lesbianas valiosas afanadas en movimientos que buscan desesperadamente “derechos” que incluyan a nuestras “familias” en el discurso de la democracia neoliberal, que agotan sus energías y capacidades solicitando que nos reconozcan como parte del sistema opresor, olvidándose de cuestionar, justamente, el mismo sistema opresor.

Estos gastos de energía y trabajo, llevan a la consecución de un puesto político para alguien, a enfocarse en cumplir metas de instituciones gubernamentales con agendas que no siempre responden a nuestra realidad, o a logros civiles rasurados y Light, en el ejemplo de México, D.F., la Ley de Sociedad de Convivencia, que curiosamente, después de la batalla dada por participantes de las más diversas clases, sólo tiene sentido para quienes tienen privilegios económicos. ¿Es, de verdad el Estado neoliberal, ahora en nuestro país de extrema derecha, el interlocutor con quien tendríamos que negociar? Parece muy conveniente a este sistema tenernos ocupadas en luchas atomizadas, con estos logros a cuenta gotas.

Hace unos años las madres Lesbianas Feministas Autónomas de Argentina, escribían: “Hoy por hoy lo importante en todo caso sería tener bienes para dejar a nuestra compañera, antes que el derecho a herencia, tener trabajo para anotar a nuestra pareja en la obra social, poder darles una educación a nuestros/as hijos/as para preocuparnos cómo va a figurar nuestra pareja en la escuela. Si bien los derechos civiles facilitarían algunas cosas, lo importante es el cambio cultural y social…”

Entonces, podemos comenzar a preguntarnos, qué tanto la maternidad lésbica se está acercando a significar formas de comercialización respecto a nuestros cuerpos, de consumo, de restricción de libertades, racismo, discriminación, reproducción y sujeción a roles, de clientelismo político en fin, muchos rostros de la misma opresión.

Yo no quiero ser madre lesbiana en este marco, ni dentro de los moldes de la maternidad impuesta. Ni siquiera ser madre buena, ni abnegada, ni hacer o dejar de hacer únicamente en el nombre y bienestar de les hijes. Sara García en las películas del cine mexicano de hace décadas ya lloró mucho la abnegación de las “cabecitas blancas”. No quiero una maternidad que signifique renuncias. De otra forma, de otro modo tendría que poder ser una maternidad lésbica.

¿Entonces, la maternidad lésbica puede ser gozosa, reivindicativa, deconstructora, propositiva, contestataria, incluso?

Y, si nos permitiéramos soñar e imagináramos, entonces, que otras técnicas, modos y construcciones pudieran haber, por ejemplo maternidades subversivas:

Recuperando la inseminación artesanal que practicaban lesbianas en los 60s y 70s, y algunas, por lo que sé, en Europa lo hacen todavía. Apelando a inseminaciones gratuitas o de bajo costo de organizaciones médicas solidarias. Llamando también a solidarios hombres de activismo y movimientos sociales que donaran, sin vínculo ni compromiso posterior, su semen para apoyar nuestro acceso a la libre maternidad.

Es decir, arrebatarle nuestra maternidad a la tiranía del mercado de la ciencia, al sistema de capitales que nos impiden decidir sobre nuestra posibilidad de concebir, de disponer sobre nuestros cuerpos.

Libertad lésbica para engendrar, tan importante como el acceso al aborto lo es para las heterosexuales.

Y, una vez teniendo la posibilidad real de ejercer la maternidad a nuestro alcance, sin la trampa de la fantasía del “algún día” condicionado por las legislaciones, lo económico y las presiones sociales, entonces: Poder decir: Sí, o poder decir: No a la maternidad. En un acto de decisión, de verdadera elección sobre nuestros cuerpos y sobre nuestras vidas.

Más allá del mero acto de concepción: Negarnos a establecer copias de las organización clásica heterosexual y jugar a la normalización “familiar” en donde se perpetúa y se prepara para insertar a nuestres hijes en la lógica de las jerarquías, la economía del consumo y la dominación de unes y otres.

Por ejemplo, preguntarnos si gestación y crianza tiene que estar obligatoriamente encadenadas. O, si pueden ser acuerdos distintos entre dos o varias mujeres. Por ejemplo, crear redes de apoyo, cuidados y compañía en donde madres gestantes y no gestantes, jóvenes, bebés, niñes y mayores construyésemos otras formas organizativas, colectivas. Responsabilizarnos hasta del agua y la tierra, en una visión comprometida de lo que hacemos y enseñamos. Hablar de empatía a les niñes que criamos, hacerles sentir, comprender y considerar las necesidades específicas de quien se encuentra a su lado, humane, animal o planta.

Cuando no somos, ni vivimos, ni producimos, ni actuamos, ni pensamos bajo los roles de hombres y mujeres al servicio de la forma de vida antisolidaria y neoliberal, amenazamos en los hechos el sistema de producción. Además, con el peligro secundario de que pudiese cundir el ejemplo y que hombres y mujeres en general comiencen a preguntarse sobre estos roles y plantear otras formas de organizarse, no más familias tradicionales; organizarnos para la atención de niños y enfermos; organizaciones comunales, educativas, de producción, de explotación de recursos naturales, incluso otras formas del trabajo. Formas, propuestas, colectivas, horizontales no impositivas.

Las herramientas existen: el feminismo, las propuestas libertarias, rebeldes, contestatarias, las posturas críticas en general. Hasta podemos soñar un mundo de justicia social, económica y política, de salud, de equidad, de derecho al placer y de amor.

Sobre todas la cosas, apostemos por revivir la cualidad revolucionaria lésbica de la disidencia. Si Disentimos de la heterosexualidad obligada, de la monogamia impuesta, de los roles de género asignados, disintamos entonces, si la elegimos, de la maternidad tradicional. La propuesta va entonces porque politicemos esta maternidad, apropiarla: Voluntaria y transgresora.

¿Le entramos a dialogar?

Fuente: http://www.mujeresnet.info/2009/01/maternidad-lsbica-para-qu.html

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Seremos tres

Hace cuatro años que estamos juntas, bien juntas. Nos fuimos a vivir apenas nos conocimos (típico en las parejas de mujeres) y a los dos años ya estábamos hablando de tener hijos. Pero, como en todo, siempre sentíamos que nos hacía falta el dinero, el tiempo, el trabajo, o no coincidíamos en la sensación, o necesidad, de agrandar nuestra familia.

En 2010 decidimos ir a investigar a la clínica de qué se trataba eso de la inseminación artificial. En los blogs de nuestras amigas españolas sabíamos que la Clínica IVI acogía bien a las parejas lesbianas y supusimos que la sucursal chilena debería de comportarse en la línea de la no discriminación. El resto de las clínicas nos iban a pedir el parte de matrimonio y a mí, un marido, y nunca estuvimos de humor como para lanzarnos tan al vacío.

En la Clínica IVI nos recibió un médico chileno (después sabrán por qué la acotación). La conversación con él fue más o menos así:

Yo: Buenas tardes, ejem… venimos porque yo quiero tener hijos y quisiera hacerme la inseminación artificial.

Médico: Pero tú eres muy joven, a tu edad todavía hay muchas posibilidades de que encuentres una pareja, te ves muy sana. En esta clínica, la política es aceptar pacientes que no pueden tener hijos, ya sea por la edad o por alguna enfermedad de ella o de su pareja. ¿Pero tú?

(Nosotras nos miramos de reojo, y no podíamos creer el curso que había tomado el monólogo del médico, no nos dejó hablar)

Médico: Pero, bueno, otro gallo cantaría si ustedes son pareja. Ahí sí que podríamos hacer la inseminación.

Yo: Sí, es esa segunda posibilidad. Ella y yo somos pareja y queremos tener hijos.

Médico: Ah, muy bien, en ese caso… les explicaré como funciona…

¡Qué miedo! por un momento pensábamos que la Clínica nos iba a cerrar las puertas. La actitud del médico fue respetuosa hacia nosotras, aunque sólo se dirigía a mí. En esa visita a la Clínica supimos más del procedimiento, de los tiempos, y de los precios.

Pasó un año exactamente. En ese año quisimos tener trabajos estables, tiempo y juntar dinero para poder hacer la inseminación artificial. Nada de eso resultó; al revés, fue un año malísimo, casi nos separamos en varias ocasiones, nunca llegó el contrato indefinido, y de tiempo estábamos muy mal porque trabajamos mucho.

¿Cómo son las cosas, verdad? Ahora nos damos cuenta de que simplemente no estábamos preparadas para recibir a un tercero en nuestra diminuta familia de dos.

Un año después, en 2011 tomamos una decisión:

Iríamos de nuevo a la Clínica y nos haríamos la inseminación. No importaba si no teníamos trabajo estable, si nos faltaba el tiempo, si las fechas no eran las adecuadas, si la mitad de la familia no sabía que éramos novias. Dentro, ansiábamos compartir nuestro amor con una personita más. El resto vendría solo, y así fue.

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